El rendimiento de la abuela

¿Habéis visto en las estanterías de supermercados la etiqueta “como lo hacía la abuela” o “recetas de la abuela”? ¿O cualquier otra alusión a nuestras abuelas? A las abuelas de antes, aquellas viejecitas con pañuelo en el pelo y delantal incrustadas en la cocina casi sin poder moverse, siempre con una sonrisa y poniendo su amor en cada plato. En ese imaginario recreado no caben las abuelas de hoy, mujeres estupendas, jóvenes o no, que corren detrás o con sus nietos en los parques. Abuelas que son casi madres porque nuestra cultura del rendimiento hace que las madres “reales”, tengan que escoger entre estar con sus hijos o trabajar. Cada caso es particular y diferente, pero no podemos negar tampoco que este es un enfoque de la realidad que muchas mujeres viven hoy en día. Pero hoy no vamos a hablar de conciliación sino de la seducción de la etiqueta “abuela” en relación al rendimiento y el tiempo.

Con la “abuela” recuperamos el sabor del tiempo, nuestra boca saliva imaginando la abuela arquetípica que nos intentan vender y que, de hecho, nos venden. La cocina actual no huele a galletas sino que desprende el olor del perfume de la efectividad a golpe de microondas, huevos pasteurizados en tetrabrik y aromas varios, elaborados en alguna industria química, en aras del rendimiento empresarial desnaturalizado. ¿Por qué desnaturalizado? Por qué de ser natural no iríamos como locos buscando la etiqueta de la abuela. Con ella pretendemos recuperar un tiempo pasado que asociamos a lo auténtico, a tradición, a simplicidad.

Con la etiqueta “de la abuela” buscamos volver al origen, ese tiempo en el que nos encontramos en paz con nosotros mismos sin tener que preguntar ni comos ni porques. Un tiempo donde es lo que es y lo que es, es. Recuperar la etiqueta de “la abuela” en nuestros supermercados es proyectar ese pasado en un presente que nos alienta a un futuro de lo simple y lo rico y lo sencillo. Un futuro en el que poder detener el tiempo y degustar los sabores de una infancia que muchos de nosotros ni hemos vivido. Un futuro en el que nos proyectarnos en paz, para sostener un presente insoportable, recuperando valores arraigados a un imaginario y una memoria del “saber hacer” que requiere tiempo e intención, atención y amor. Queremos ese “saber hacer” y como estamos convencidos de que no tenemos tiempo, lo compramos, cayendo así en la trampa de la efectividad y el rendimiento pensando que nos alimentamos de autenticidad. Enfocados en lograr objetivos sin vivir el proceso. El proceso, ese espacio intermedio entre un principio y un fin donde transcurre la vida. El proceso como la suma de instantes donde el propio tiempo desaparece para volver al origen.

Tal vez, al morder una galleta del súper “elaborada como la abuela” nuestra mente viaja a ese origen en el qué, por un momento, sin pensar en las calorías, vivimos sin angustias ni ansiedades. Bien está si, con ese bocado, nos olvidamos que nos tragamos la idea de rendimiento con buen gusto y haciéndonos sentir que es lo auténtico, lo de siempre, que se relaciona con el buen hacer. ¿Es eso lo que quieres? ¿Tragar y rendir?

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