Aristóteles y las redes sociales

 

Me voy a dar el permiso de delirar en voz alta. Llevo un tiempo apartada de las redes sociales después de otro de mucho movimiento. Tengo claro que no quiero pertenecer a la tribu de desconectados que están empezando a aparecer. Personas que han decidido no existir en redes sociales, personas a quienes no les gustan el tipo de relación que éstas imponen. Y ante esto me rebelo:  me niego a que ninguna tecnología me imponga nada. No les voy a regalar mi libertad. Pero es verdad que son adictivas y que hay que (auto) regular el uso. Yo confieso haber estado muy enganchada.  Levantarme y pensar en compartir y leer, cosas de calidad he de decir, pero levantarme con eso en mente. En las redes basura hay mucha, pero también mucho contenido de valor al alcance de quien lo encuentre,  y por eso hoy el criterio de elección y la capacidad de tomar decisiones se impone para poder discernir lo importante entre tanta cantidad de información. Pero a lo que iba. En verano me di cuenta de que pasaba muchas horas, a ratitos,  pendiente de qué ocurría en el mundo virtual, y me dio un escalofrío. Quería pintar, escribir, limpiar, ordenar, hacer castillos de arena… Me observé yo con mi móvil y vi que a cada minuto comprobaba likes, etc… Y decidí que no quería seguir así.  Los primeros días pasé el mono, de verdad, me faltaba algo y continuamente pasaba por mi mente “abre Facebook, twitea, pon una foto, elabora una nota ….”. Entonces, me acordé de Aristóteles  a quien tanto detesté durante mis estudios de filosofía y con el que hoy me encantaría mantener una buena charla. Me sentaría a su vera a aprender cuanto pudiese. Pues bien, Aristóteles aquí vino a salvarme con su punto medio. No requiere de mucha explicación, en realidad, es suficientemente intuitivo el concepto para quien no quiera explorar su filosofía en profundidad. Se trata de un punto medio entre dos extremos opuestos. Entre desconectarme y estar conectada permanentemente. Ambos extremos pueden alejarnos de la “virtud” o areté pues, lo queramos o no, vivimos en el siglo XXI y nuestro desarrollo tecnológico nos ha traido hasta aquí. Desconectarse pensando que así las relaciones son mejores, más auténticas, más humanas es una falacia. Durante toda la historia de la humanidad ha habido personas desconectadas incluso viviendo en familias bien numerosas. El vínculo es algo que hay que cultivar y para un vínculo seguro hay que poner consciencia, no eliminar las redes o los dispositivos electrónicos. Estar permanentemente conectado y pensar que así tengo más amigos y que me entrego desde ahí también es otra falacia. Al final hay una pantalla entre tu y el otro y todos sabemos como se miente. Con todo yo conozco parejas que nacieron de la www y que ahora tienen hijos gracias a una conexión humana de piel con piel. También he recuperado amigos de la infancia y me permite hablar y ver a gente que amo y está lejos con una facilidad inusitada. Y adoro estas posibilidades que quiero vivir desde una libertad radical. La clave desde que el hombre es sapiens, por decirlo de algún modo, y tal vez antes, es aprender a manejar los afectos y la razón. A ser virtuoso en boca de Aristóteles. La virtud no es la elección de lo racional, tiene que ver con la vida práctica, con saber escoger entre esos extremos y con hacer de este tipo de elección un hábito. Es mantener el equilibrio, la coherencia, es ser uno mismo, permanecer en la autenticidad, conquistar la libertad que va asociada al desarrollo del ser que se es que, en suma, es en lo que consiste la felicidad. Para todo ello hay que aprender a decir “sí “y “no” siendo el punto medio el que facilite la respuesta.  Si somos muy racionales o pura emocionalidad en acción somos unos “viciosos”, ambos extremos nos alejan de tan complejo equilibrio.

En este devenir del pensamiento siento que quiero estar conectada pero sin desconectarme de mi ni de nadie. No quiero estar enganchada, ni que sea lo primero que desee mirar al levantarme. Para lograr ser virtuosa en esta misión solo me queda hacer de mi conducta del justo medio un hábito. Actuar, actuar y actuar hasta que le encuentre el punto y luego repetirlo para fijarlo en forma de habito. Y no es fácil. La cabra tira al monte y para que cambie de ruta es necesaria la repetición porque en este proceso se encuentra implicado nuestro sistema de recompensa cerebral. Y éste ha aprendido que cuando miro Facebook, tengo likes, etc… me pongo contenta. ¿Cómo cambiar esto? ¿Cómo lograr que el punto medio sea la elección? La respuesta es clara: hay que lograr que nuestro objetivo actual sea lo que más deseamos, porque se ajusta a nuestros valores, porque nos acerca a nuestra autenticidad. Hemos de comprender que aunque esto sea así y lo sepamos no es sencillo de lograr. Hay que desaprender y volver a aprender. Hay que convertir la nueva conducta en un hábito. Lo logramos  cuando podemos repetir una conducta sin pensar y sin esfuerzo. Algunos dicen que para lograr un nuevo hábito necesitamos 21 días de voluntad a tope, yo lo he probado y al 22 dejé de ir al gimnasio así que busqué información. Y encontré un estudio de la Universidad de Londres que dice que la media lo consiguen a los 66 días, estando los extremos entre los 18 y los 254 días. Os dejo el enlace del artículo por si a alguien le apetece profundizar o una versión más ligera que se recogió en El País

En suma,  me atrevo a concluir que siguen siendo válidas las disquisiciones de Aristóteles sobre una buena vida, sobre una vida virtuosa,  así que me apunto a ese termino medio para gestionar mi presencia en redes.

“La virtud (areté) es un hábito [o disposición adquirida] de la voluntad consistente en un termino medio en relación con nosotros; [termino medio] que es determinado racionalmente por una regla recta (órthos lógos), aquella por medio de la cual lo determinaría un hombre dotado de sabiduría práctica” (phrónimos)

                                                                                     (Ética a Nicómaco, II, 6, 1106b 3-6).

Os dejo ya para cultivar la virtud en este nuevo mundo virtual. Ahora toca silencio, un silencio escogido desde el punto medio.

Imagen: Pixabay.com
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