Libertad y Elecciones

¿Quién puede permanecer ajeno a lo que está sucediendo en nuestro panorama político? ¿Somos ingobernablemente mansos? ¿Vamos a acudir, como si nada, a unas nuevas elecciones generales? Vivimos un momento histórico falto de preguntas esenciales. Se sigue hablando de un sistema bienestar cuando hospitales, colegios y las calles se encuentran pobladas, cada vez más, por la imagen de la pobreza económica, política y social. Se está haciendo mucho desde pequeños e incansables proyectos colaborativos. Personas que conectan con la solidaridad y ofrecen cuanto tienen, empezando por una mirada amable. Desde lo político no lo sé… y me pregunto: ¿Estamos permitiendo, todos, el gasto indecente de millones de euros para marketing de quienes han demostrado que son incapaces de llegar a acuerdos mientras siguen ganando un sueldazo por no hacer su trabajo? Y yo tomando Nescafé (por eso del sueldazo para toda la vida) cuando debería dedicarme a la política. Perdonar que sea tan dura… pero a veces no lo puedo evitar y, en esta ocasión, tampoco quiero. Solo pido perdón por el tono generalista porque seguro que todos no son iguales.

Con el contexto político y social en mente voy a escribir sobre libertad y elección en clave existencialista. Más concretamente voy a tomar como inspiración el primer capítulo de la cuarta parte de El ser y la nada de Jean Paul Sartre. Como siempre para hacer activismo del ser que es es 😉 y para que cada uno elabore sus propios pensamientos y conclusiones.

Contexto

Jean Paul Sartre se enmarca en la filosofía existencialista. El existencialimso es fruto de una situación social y cultural de crisis profunda a consecuencia de la terrible ola de violencia y destrucción originada por las dos guerras mundiales, guerras que sembraron la ruina y la muerte masiva en todo el planeta. Este sangriento holocausto originó una enorme crisis de conciencia y de valores, patentizó el drama de la muerte y la congoja ante la finitud del hombre, desencadenó y puso súbitamente en primer plano la reflexión sobre el sentido de la existencia humana. El existencialismo constituye una respuesta filosófica a este desolador marco histórico. Y me pregunto ¿Por eso se intentan erradicar las humanidades de los planes de estudios, para no responder, para erradicar el hábito de pensar? ¿Quién gana con ello?

La existencia humana

Sartre define el existencialismo como aquella doctrina que antepone la existencia a la esencia, “la existencia precede a la esencia”, decía. Para Sartre “el hombre no es primeramente hombre para ser libre después: no hay diferencia entre el ser del hombre y su “ser-libre””. Autoengañarse creyendo en determinismos exculpatorios que eludan nuestra responsabilidad es actuar de “mala fe”. La libertad es la estructura misma del “ser-para-si”, de la conciencia y del yo. Estamos condenados a ser libres, determinados a la indeterminación. La toma de conciencia de la libertad produce inevitablemente un sentimiento de angustia. La libertad de la “realidad humana”, el “no-ser” del hombre, posibilita que el mundo esté por hacer.

Negar la creatividad del proyecto humano significa negar al hombre, cosificarlo.

Actuar de “mala fe” es actuar desde la inautenticidad. Existir humanamente es elegir. En la elección “el hombre inventa al hombre”. El hombre al elegir no solo se responsabiliza de su elección a nivel individual, sino también de la de todos los hombres, cada elección individual define, idealmente, a toda la humanidad. Esto, sin duda, es algo que todos debemos tener presente y que no estaría de más recordar a aquellos que, políticamente, nos representan (por ser corteses).

Libertad, condición primera de la acción

La libertad es la condición primera de la acción. No hay acción sin intencionalidad, sin una adecuación del resultado a la intención.

Sartre, como Heidegger, considera al hombre como “un-ser-en-el-mundo”; es un ser arrojado al mundo, se encuentra inmerso en una situación histórica que capta en su plenitud de ser. Por ello es necesaria la intencionalidad, sin ella no habría actos, y la historia sería un ser pleno que no cambia, estático y que se perpetuaría en su ser.

Acción e imaginación

La acción lleva implícita una dosis de imaginación ya que, aunque mis actos sean intencionales, los resultados que proyecto están solo en “mi cabeza”, solo en un plano de abstracción, y depende única y exclusivamente de mi libertad. ¿Somos capaces de imaginarnos otra manera de organizarnos socialmente en todas sus dimensiones? ¿Cuál es el precio del capitalismo? ¿Del sistema productivo actual?

Ser en el mundo 

El hombre está en el mundo en su sentido más amplio. Todo lo que soy y lo que me rodea será descubierto por la propia libertad. El acto fundamental de la libertad radica, precisamente, en la elección de mí mismo en el mundo y, al mismo tiempo, el descubrimiento del mumask-1249929_960_720ndo. Según elija yo en el mundo me estaré eligiendo a mí mismo, es decir, mi elección me muestra a mi ser, y tomar conciencia de ello nos provoca sentimientos de angustia. La angustia de saber que cuando elijo no sólo lo hago por mí, sino por la humanidad entera. ¿Son conscientes de ello aquellos que se dedican a la política? ¿Somos conscientes cuando escogemos representantes? ¿O nos encogemos de hombros? ¿Si todo el mundo hiciese lo mismo que sucedería? Para escaparnos de la responsabilidad de esta certeza se hace uso de la “mala fe”, eludiendo la responsabilidad al afirmar que todo el mundo no obrará del mismo modo y que el impacto de nuestra acción es mínimo, porque los otros lo harán diferente, lo harán mejor, harán lo que se tiene que hacer. Es una posición victimista en plan “aunque yo no vaya a votar no van a cambiar los resultados. Es solo un voto”, pero… ¿Cuántos han dicho lo mismo?

La angustia

Vivir en la angustia es vivir en el más absoluto abandono. Pero la mayoría de veces huimos de esa angustia en la mala fe, que no es sino la negación de toda la libertad ya sea rehusando de ella o justificando actos que son injustificables. Y nos instalamos en la zona cómoda, esa que nos da una aparente seguridad, en la que realmente cedemos las riendas de nuestra vida a los otros y al mundo porque preferimos ser marionetas a sentir la angustia de elegir y crear nuestra propia vida, de superar el error, o levantarnos tras el fracaso o la equivocación, de tolerar la frustración de no poder echar la culpa a otros de nuestras malas decisiones y de enfrentarnos a nuestros propios miedos.

Conclusión

Ortega y Gasset decía que en la vida a veces nuestra integridad se resquebraja, las convicciones fundamentales se hacen problemáticas y las ideas científicas o las normas éticas manifiestan su falta de fundamentación. En épocas de crisis radical de una cultura es cuando se redescubre, bajo los sistemas y opiniones, una sensación de caos e inseguridad. Es entonces cuando el hombre vuelve a sentir la necesidad de consolidar su ser y su existencia. Es el momento en el que se vuelve a la filosofía. Pero en este siglo XXI, filosofar, despertar la libertad de un pensar razonado desde la vida, esa razón poética de Zambrano, la filosofía existencialista de que he hablado, no interesa. Ahora se elimina de los planes de estudios. Siento indignación y unas ganas irrefrenables de filosofar más que nunca. Me queda la certeza que la libertad siempre gana aunque a veces sea tomándose la cicuta como Sócrates. Pero en el caso de Sócrates me detendré otro día, porque tiene mucho también que mostrarnos tantos siglos después.

En suma, como dijo Sartre

“Todo sería muy simple, en efecto, si yo perteneciera a un mundo cuyas significaciones se descubrieran simplemente a la luz de mis propios fines” (1993: 534 ).

Ya hemos visto que cualquier decisión individual no lo es, afecta al conjunto de todos nosotros. Somos un ser en el mundo, no sólo un ser para sí.

Para acabar: ¿Vas a ir a las urnas haciendo uso de la libertad? ¿No irás? ¿No irás haciendo uso de la libertad consciente o desde la “mala fe”? Sea cual sea la respuesta te pregunto y me pregunto ¿Estás dispuest@ a asumir que lo que suceda es también fruto de tu acción u omisión? ¿Qué cada uno de nosotr@s escribe la historia? ¿Qué nadie es insignificante?

Bibliografía: Jean Paul Sartre (1993) El ser y la nada. Barcelona: Ediciones Altaya. 

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